ANDRÉS BARBERO: EL SANTO LAICO

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David Galeano Olivera

 

ANDRÉS BARBERO: EL SANTO LAICO

Por Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone

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Referirse al Dr. Andrés Barbero rebasa la capacidad de un mero historiador. Para desentrañar el arcano de esa alma enorme, para comprender la vida y la obra de ese hombre extraordinario, cuyo ejemplo es único en nuestro país, se necesitaría la percepción de hagiógrafo.

 

 

En el año 1869, con nuestro país invadido por los ejércitos de la Triple Alianza y un gobierno títere impuesto por el vencedor, llegan a nuestra capital tres jóvenes italianos: Juan Barbero y sus hermanos Anacleto y Victorio.

 

Emigrar a un lejano país, devastado por una guerra de exterminio, era ya una expresión del espíritu emprendedor y del coraje que los animaba. Sabían que tendrían que luchar y esforzarse al máximo para labrarse un futuro entre ruinas humeantes, en un territorio disputado por dos grandes potencias, cuyo futuro era absolutamente incierto.

 

No constituía el Paraguay un acicate para los inmigrantes, como la húmeda pampa argentina o las vastas costas del Brasil y el Uruguay.

 

Encerrado en su mediterraneidad, olvidado del mundo, con una larga historia de despotismos, el Paraguay aún no contaba con una Constitución que garantizara las libertades ciudadanas, lo que hacía aún más riesgoso asentarse en él.

 

 

Pero los jóvenes no se arredran y se afincan definitivamente, quizá por una compensación del destino a nuestra desventurada patria, ya que la presencia de uno de ellos sería de gran trascendencia para el país.

 

Paralelamente llega también otra familia de la misma procedencia: D. José Crosa, su esposa Da. Jacinta Corsino y su hija Carolina. Dos años más tarde, el 9 de agosto de 1871, Juan Barbero y Carolina Crosa unen sus vidas ante el altar del templo de La Encarnación.

 

Ya tenemos formado el núcleo germinal de la familia y, en especial, del hombre llamado a ser uno de los grandes benefactores del Paraguay.

 

Acostumbrado al durísimo trabajo que exigían las labores agrícolas en su lejano Piamonte, montañoso y árido, donde había que arrancar las piedras para preparar la tierra en trepadoras terrazas, D. Juan se entrega de lleno a la nueva profesión elegida: maestro de obras.

 

Muchos importantes edificios construye esos primeros años, mientras paralelamente, cuando ha logrado reunir algún dinero, exporta cueros, tabaco, almendra de coco.

 

A poco de llegar al país, se pone de manifiesto su espíritu solidario, que tan sabiamente supo transmitir a su familia, integrando el grupo fundador de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos —año 1871—, cuya rama femenina sería la Asociación Margarita de Savoia, que no solo beneficiaron a los italianos residentes en el país, sino a toda la comunidad.

 

Años más tarde, Juan Barbero abandona sus tareas iniciales para dedicarse a la ganadería. Poseedor de una importante suma de dinero, merced a su infatigable laboriosidad y al austero sistema de vida que inculcó a los suyos, Barbero compra 20.236 ha de tierra en el departamento de Presidente Hayes, siendo uno de los pioneros de la ganadería chaqueña.

 

Entre tanto, la familia va creciendo. Nacen Jacinta, 1873; María, 1874; Andrés, 1877; Josefa, 1880; y Vicencia, 1881.

 

En los primeros años, los Barbero-Crosa vivieron en una antigua casa de la calle Colón esquina Palma, donde más tarde, tras demolerla, la Fundación La Piedad construiría un importante edificio. A principios de siglo, se instalan en una vivienda de dos plantas, sita en la hoy calle Mariscal Estigarribia esquina Iturbe. Posteriormente, la familia pasa a residir en la entonces llamada quinta —por hallarse alejada del centro de la ciudad— de la avenida España, cuyos fondos dan a la calle Sebastián Gaboto, donde actualmente se encuentra el edificio de la administración de La Piedad. En dicha casa residirán todos hasta el día de sus respectivos fallecimientos y, en sus zonas aledañas, ayudado por los suyos, comenzará Andrés Barbero su gran tarea.

 

Pero ¿cómo era, realmente, ese hombre tímido, reservado, parco en el hablar, que entregó íntegramente su vida y sus bienes al servicio de los desamparados?

 

Nacido, como ya señalamos, en 1877, fue el único varón de los cinco hijos del matrimonio. Sus estudios primarios los realizó en la escuela particular de don Eugenio Bertoni y, posteriormente, ingresa al Colegio Nacional, donde tiene por compañeros a un calificado grupo de jóvenes, que más tarde serían figuras señeras de nuestro país, tales como Eusebio Ayala, Félix Paiva, Ramón I. Cardozo, Juan Benza, por citar unos pocos.

 

La afición que desde niño había sentido por la física, la química y las ciencias naturales, unida a su brillante inteligencia, llaman la atención a sus profesores, que lo nombran ayudante de cátedra cuando aún era estudiante.

 

En 1895, Andrés Barbero y sus condiscípulos reciben sus diplomas de bachiller y, al año siguiente, Barbero ingresa a la flamante Escuela de Farmacia, de donde egresa en 1898 con el primer diploma de farmacéutico otorgado por la institución.

 

Poco después, se reabre la clausurada Facultad de Medicina y Andrés Barbero ingresa a ella, obteniendo en 1903 el título de médico cirujano.

 

Pero para Barbero la medicina era solo un medio de prestar ayuda más eficaz a los marginados. De ahí que nunca abriera consultorio y solo atendiera gratuitamente a gente pobre que acudía en demanda de sus servicios, a quienes, en la mayoría de los casos, además proveía de los medicamentos necesarios. Para entonces, Barbero, único hijo varón de la familia, era el brazo derecho de su padre en la administración de los ya cuantiosos bienes familiares.

 

Sus constantes viajes a la estancia le permitieron conocer a fondo la patética realidad paraguaya: la desnutrición, la anemia, el alto índice de tuberculosis, el abandono total en el que se debatían las parcialidades indígenas, y otros males endémicos derivados de la pobreza y la ausencia de profilaxis.

 

De todo ello lleva estrecha cuenta Barbero que en esos años, quizás, ya estaría pergeñando su futura gran labor.

 

Físicamente no era lo que se entiende por un guapo mozo, dado que era más bien menudo, pero su rostro blanco, sonrosado, sus ojos azules de mirada noble, sus facciones regulares y su estricta pulcritud, sumados a su mesura y cortesía, hacían de él un hombre agradable que predisponía a la simpatía general.

 

Austero en todos los aspectos de su vida, excepto en su admirable dadivosidad, Andrés Barbero, durante su juventud, mantuvo siempre el mismo peso; con el avanzar de los años adelgazó notablemente, pero siempre conservó el paso firme y ágil que lo caracterizaba.

 

De su vida sentimental poco se sabe. Algunos recordaban que en cierta época cortejó discretamente a la hija de unos amigos de sus padres, pero la cosa no pasó de allí; quizá el exceso de trabajo le restó tiempo para pensar en sí mismo o su profunda religiosidad lo impulsó a formular el voto de permanecer siempre célibe, para mejor servir a la causa que había elegido. Hoy, que conocemos el inconmensurable fruto de su empeño y en la creencia de que en el destino de los hombres no existe la casualidad, estamos seguros de que la Providencia de Dios no lo llamó a la paternidad física porque le tenía asignada una misión muy superior: la paternidad espiritual de los desheredados del Paraguay.

 

Muy joven comienza Barbero a colaborar con las instituciones estatales relacionadas con la salud pública. Ya en 1889 es designado jefe de la Oficina Química Municipal.

 

Cuando en 1900 abate al Paraguay el flagelo de la peste bubónica, colabora con el Dr. Juan Anmissit en los estudios que la detectan. Sus trabajos realizados en el Instituto Nacional de Bacteriología, fundado con el fin de erradicar el garrotillo que comenzaba a asolar el ganado, fueron óptimos, lo que le valió la designación de director del Conservatorio Nacional de Vacunas, cargo que desempeñaría paralelamente al de director del Museo de Historia Natural del Colegio Nacional, donde además dictaba las clases de Física y Química.

 

A su eficacia debió la institución el montaje de un gabinete experimental, el mejor de su época.

 

Posteriormente, en el corto tiempo que ejerció Barbero el decanato de la Facultad de Medicina, dotó a esta de un moderno equipo de laboratorio, que costó 70.000 pesos oro. Como es de suponer, gran parte de estas inversiones las solventó el mismo Barbero.

 

Los cargos que ejerció fueron numerosos: catedrático de Física Médica e Histología Normal en la Facultad de Medicina; presidente, hasta 1917, del Consejo de Agricultura; director interino de la Asistencia Pública; director del Departamento Nacional de Higiene y Asistencia Pública, cargo en el que le cupo afrontar la devastadora epidemia de gripe del año 1918, que costó millares de vidas.

 

Gran propulsor de la campaña antianquilostomiasis, que duró tres años y abarcó una vasta extensión del territorio nacional, Barbero hizo perforar 1500 pozos de agua potable y mandó construir 37.000 retretes. Posteriormente, fundó el Hospital de Villa Hayes, que se especializaría en la lucha contra la Leishmaniasis.

 

También durante su gestión se crean en Asunción el Instituto Venéro-Sífilis, la “Gota de Leche”, el dispensario antituberculosis, se construyen en el hoy Hospital de Clínicas una moderna sala de cirugía y en el Manicomio Nacional un nuevo y amplio pabellón.

 

En su condición de presidente del Consejo de Agricultura e Industrias del Banco Agrícola, función que desempeñó durante varios años, Andrés Barbero dejó su impronta de gran organizador y profundo conocedor de la realidad paraguaya.

 

El informe-propuesta que presentó, con el fin de incentivar el cultivo del arroz, facilitando para ello el asentamiento de “familias italianas laboriosas, de buenas costumbres, preparadas para el cultivo del cereal”, puede considerarse un perfecto manual sobre el tema. Años más tarde, Barbero donaría, de su propio peculio, 17.000 ha de tierra en el departamento de San Pedro, al gobierno italiano, con el fin de facilitar la buena inmigración, sin intuir que su generosidad provocaría un conflicto entre el Estado italiano y nuestro país, que duró muchos años.

 

Inspirándose en las propuestas de Barbero, el 29 de noviembre de 1915, el Banco Agrícola crea una nueva Carta Orgánica, por la que se instituye como objetivo principal promover “el desarrollo de la agricultura, la ganadería y de las industrias en general”, otorgando créditos y facilitando maquinarias, semillas, útiles de labranza y demás elementos necesarios para el logro del objetivo buscado.

 

También la Municipalidad de Asunción se favoreció con sus gestiones porque, pese a no actuar Barbero en política, la probidad y solvencia demostradas en la administración de la cosa pública inducían a los gobernantes a solicitar sus servicios.

 

Y fue así como, el 8 de setiembre de 1920, es designado intendente municipal de la capital.

 

En la imposibilidad de referirnos en detalle a su administración, solo destacaremos que a iniciativa suya se redujo en un 30 % el precio de la carne, se mejoró notablemente el Mercado N.º 1, se donaron uniformes a los escolares de escasos recursos, se empedraron y ampliaron numerosas calles de la ciudad, se urbanizó el Parque Caballero, recientemente adquirido por el Estado. Y en prueba de su espíritu progresista y ecuménico, no muy común en la época, siendo él un católico ferviente, autorizó, en las plazas y paseos públicos, las conferencias de carácter religioso, sin acepción de credos, “siempre que no afectaran a la moral y al orden públicos”.

 

Años más tarde, volveremos a ver a Andrés Barbero desempeñando otro importante cargo público: el de ministro de Economía. Sus atribuciones eran muy amplias, pero su gran experiencia le permitió aplicar, en el breve tiempo que lo desempeñó, importantes reformas tanto en la agricultura, implementando nuevos cultivos para la exportación, como en la ganadería, para lo que importó bovinos de raza pura y propició campañas de sanitación con el fin de mejorar el ganado.

 

Se ocupó de reducir los impuestos de los pequeños hacendados, de imponer un precio fijo a la caña de azúcar que impidiera la explotación de los productores, del flagelo del abigeato y de otros varios aspectos de la economía nacional.

 

Pero donde Andrés Barbero centró todos sus afanes fue en la Liga Paraguaya Antituberculosis, fundada a iniciativa suya, con la colaboración de eminentes profesionales que no mencionamos por temor a omitir involuntariamente a algunos.

 

Siendo la lucha antituberculois uno de los objetivos fundamentales, en tiempo de paz, de la Cruz Roja Internacional, con sede en Ginebra, concibe Barbero la brillante idea de organizar la Cruz Roja Paraguaya, contando para ello con el entusiasta apoyo del gobierno. El entonces ministro de Relaciones Exteriores, Dr. Eusebio Ayala, apoyará la moción de Barbero enfatizando en que “por el artículo 25 de la Liga de las Naciones se establece la necesidad de constituir la Cruz Roja de carácter local, en cada país adherente, y en su calidad de tal urgía que el Paraguay lo hiciera”.

 

Sin pérdida de tiempo, convoca Barbero a sus colaboradores y el 10 de noviembre de 1919 funda la Cruz Roja Paraguaya, que tan trascendente misión estaba llamada a cumplir, bajo la dirección del Dr. Andrés Barbero, elegido por unanimidad.

 

Siete años más tarde, en 1926, la Cruz Roja Paraguaya inaugura la planta baja del majestuoso edificio y poco después la obra queda concluida, merced al mecenazgo del padre del fundador, D. Juan Barbero, aquel humilde inmigrante que sesenta años atrás arribaba a nuestra tierra en busca de un futuro mejor.

 

Aún hoy nos asombra constatar la munificencia de los Barbero, que no escatimaron costes en su obra madre: vasto solar, amplios salones, pisos de mármol de Carrara, aberturas con cristales importados…

 

Pero si la obra material se impone a la vista, más admira la proyección en el tiempo de la labor desplegada por ese benemérito ciudadano que lo dio todo, renunciando a todo.

 

Los que han conocido a esa familia de excepción pueden atestiguar de la austeridad que vivían. Personalmente pude constatarlo, por haber tenido mi madre, en su condición de presidenta de la rama femenina de la Cruz Roja Paraguaya, una amistad fluida con los Barbero y haberla acompañado yo, de pequeña, en sus visitas regulares a la casa de la hoy avenida España, donde residían: no tenían luz eléctrica y solo unas cuantas lámparas de petróleo alumbraban la modesta vivienda en la que, obviamente, tampoco había ni heladera ni ventiladores, mientras el mobiliario emulaba al del más rígido monasterio.

 

En sus regulares visitas a su establecimiento ganadero, Andrés Barbero viajaba en el Pingo, que hacía la travesía de Asunción al Chaco. Era este un viejo barco que transportaba pasajeros y carga, entre la que se contaban cerdos y aves de corral, que los humildes pobladores de Villa Hayes y sus aledaños traían para vender en la capital.

 

Los ganaderos y las personas que podían pagar los pasajes de primera se ubicaban en la parte superior, que era aireada y donde se vendían bebidas heladas y bocadillos, que hacían más agradable el viaje. Por su parte, Andrés Barbero siempre compraba pasajes de segunda y viajaba en la parte inferior de la nave, ubicándose en medio de modestas familias, sudorosos troperos, bullangueros patos, cerdos y gallinas, y bultos de toda laya, soportando impasible el riguroso calor de los meses de verano.

 

Allí conversaba con sus compañeros de travesía y se enteraba de sus dolencias, aprovechando la oportunidad para derivarlos a los centros asistenciales que había creado, según fueran sus males.

 

Muchos espíritus miopes, carentes de sensibilidad, los tildaban de avaros por el sistema de vida que habían elegido, olvidando los millones que invertían en beneficio de la comunidad.

 

Referirse en detalle a la labor realizada por la Cruz Roja Paraguaya exigiría escribir un volumen de más de mil páginas. De ahí que solo mencionaremos de paso su infatigable lucha contra la tuberculosis, su eficaz auxilio a las víctimas del ciclón que arrasó Encarnación en 1926, la febril actividad desplegada por la institución cuando la Guerra del Chaco, creando hospitales en Puerto Guaraní y en la Escuela Militar, proveyendo materiales sanitarios a diez y siete hospitales de sangre, formando enfermeros y camilleros que luego actuarían en los frentes de batalla y en los distintos hospitales del país. Y todo ello supervisado personalmente por Andrés Barbero, que no se daba tregua ni sosiego.

 

Leer original en Suplemento Cultural de ABC COLOR (http://www.abc.com.py/nota/andres-barbero-el-santo-laico-i/)

 

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